¿Quién da más?

¿Quién da más?

Hoy, en mi sección de “miedos irracionales desarrollados a lo largo del tiempo”, voy a añadir uno que creo que probablemente compartas:

LA OLLA EXPRÉS

Sí, esa maldita máquina del demonio, ideada para convertirse en un must (usease, un imprescindible) en la cocina de cualquier casa con un mínimo de cultura culinaria, a pesar de su evidente riesgo y de su mecanismo nada avanzado.

Aunque en este caso, quizás lo de miedo irracional no lo sea tanto. Porque ¿quién no conoce una historia de alguien a quien le ha explotado la olla exprés? Su madre, su tía, su amigo, la vecina, el charcutero, el sursum corda…

Así que, esto avala mi teoría de que realmente hay motivos para ser precavidos a la hora de utilizarla. De hecho, en el libro de instrucciones debería venir un aviso ilustrando los EPIS* necesarios para manipularla con un mínimo de seguridad.

Reconozco que, en su día, debió ser un invento que revolucionó el mundo de la cocina, ya que reducía mucho los tiempos para elaborar cualquier comida. Bueno, y sigue haciéndolo. Yo misma cuando la descubrí, me rendí a sus bondades.

Pero no me duró mucho. Al final me pudo más el mal rato que pasaba cada vez que la ponía en marcha 🥺

Esta era la secuencia de los hechos en mi caso:

  1. Echar en la olla los alimentos elegidos para el plato del día y el agua correspondiente.
  2. Cerrar olla, asegurándome veinte veces de que la goma quedaba sellada en condiciones.
  3. Esperar a que el “pitorrico” (nombre adjudicado para aquella cosa que danzaba en lo alto de la tapa) empezara a hacer ruido y a expulsar vapor.
  4. Poner el temporizador e iniciar la cuenta atrás de los minutos requeridos para la adecuada cocción ⏱
  5. Cerrar la puerta de la cocina y huir de allí como alma que lleva el diablo, a la espera de que el tiempo transcurriera sin contratiempos y sin explosión de por medio.
  6. Abrir la puerta cuando el pitido del temporizador anunciaba el final del proceso.
  7. Acercarme a la olla solo con la parte de mi cuerpo de cintura para abajo, ya que la parte superior iba echada hacia atrás como si quisiera escapar a Pernambuco.
  8. Alargar el brazo igual que cuando estoy haciendo un huevo frito y no quiero que me salte el aceite, o sea, a una distancia suficientemente prudencial para evitar una desgracia, y retirar la olla del fuego.
  9. Coger la olla y llevarla al fregadero, abrir el grifo, dejar que caiga el agua fría, todo esto a velocidad de vértigo.
  10. Alejarme de allí hasta comprobar que se oye un “puffffff” que parece ser señal inequívoca de que el peligro ha pasado.
  11. Abrir la olla y respirar por fin, antes de morir por asfixia por haber aguantado la respiración demasiado tiempo durante todo ese proceso.

¿Crees que estoy exagerando? No lo creo. Más bien pienso que te habrás sentido demasiado identificada. ¡Confiesa! No estás sola, somos muchas y muchos en esta causa 😜

Por eso, en cuanto vi la oportunidad me pasé a la Thermomix. Muy fan de este robot que hace casi de todo. ¿Cómo pude vivir tantos años sin ella?

Trocea, tritura, fríe, cuece y enriquece. ¿Quién da más?

Para qué me voy complicar la vida, oye, pudiendo utilizar recursos más sencillos y, sobre todo, ¡menos peligrosos! Aunque confieso que aún tengo la olla exprés ¿eh? Recogida. Muy recogida. Tan recogida que si me la pides ahora, tengo que llamar a la policía científica para que encuentre sus huellas.

Pero ¿no te parece que, a veces en nuestro día a día, también nos complicamos las cosas más de lo debido? Que no seré yo quien diga que la vida es fácil, que a veces no lo es, y vivimos situaciones complicadas de lidiar.

Pero lo que es una verdad como un templo, y en eso estarás de acuerdo, es que en muchas ocasiones hacemos una montaña de lo que solo es un grano de arena.

Y si podemos aprender a dejar de hacer un mundo de cualquier minucia, seguro que todo fluirá mejor, para nosotros y para los que nos rodean. ¿No te parece? 😉

¡Feliz día, despeinad@! 😘

PD: Si te apetece comentar algo ¡me encantará leerlo!

*NOTA: EPIS= Equipos de protección individual

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